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martes, 25 de diciembre de 2007

ISA Servicio informativo núm. 301

Ciudad de México, 25 de diciembre de 2007
Servicio informativo núm. 301

http://www.serviciodenoticiasisa.blogspot.com


Sumario:


I. A diez años de la matanza de Acteal, es hora de que se haga justicia a los indígenas, y se les permita un futuro de bienestar y libertad: La verdad sea dicha


II. ¡Me quedé corta!, por Rosario Ibarra



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A DIEZ AÑOS DE LA MATANZA DE ACTEAL, ES HORA DE QUE SE HAGA JUSTICIA A LOS INDÍGENAS, Y SE LES PERMITA UN FUTURO DE BIENESTAR Y LIBERTAD: LA VERDAD SEA DICHA


En el programa La verdad sea dicha de este martes 25 de diciembre, se presentó un reportaje acerca de la matanza de Acteal, sucedida hace diez años en el municipio de Chenalhó, en Chiapas. El reportaje presenta material inédito filmado hace diez en el lugar de los hechos y que contiene testimonios de sobrevivientes a escasas horas de la tragedia. El servicio de noticias ISA reproduce a continuación en palabras lo que en el programa televisivo se relata, sin dejar de recomendar a nuestros lectores el que vean la versión original en la dirección electrónica http://www.laverdadseadicha.org



Locutora: El 22 de diciembre de 1997, fueron asesinados brutalmente 21 mujeres, 16 niños y ocho hombres que rezaban por la paz en Acteal, un paraje pobre de las montañas de Chenalhó. No hay palabras para describir la barbarie que se cometió.


(Imágenes del 23 de diciembre de 1997 registran gráficamente el espacio donde ocurrió la matanza; se ven aún una gran cantidad de restos de ropa y calzado por doquier. El reportero entrevista a varios sobrevivientes).


Entonces, ¿los balazos vinieron de allá y toda la gente estaba reunida aquí?


Aquí estábamos amontonados todos: hombres, mujeres y niños. Nosotros tenemos que huir un poco. Nosotros estamos en total de como 360.


¿Pero aquí como cuántos se quedaron atrapados?


Aquí, como 250.


¿Aquí mismo, en este arroyito? Sí.


¿O sea, estaban todos amontonados?


Sí, pues. Aquí entramos todos, hasta allá abajo.


Locutora: En Acteal se hallaban refugiados cientos de personas que habían huido de sus comunidades por la violencia de los grupos armados priistas que sembraron el terror en los pueblos de Chenalhó contra cualquier disidente. El crimen fue ejecutado por unos 60 a 90 hombres que dispararon durante siete horas sobre 350 indígenas que rezaban dentro de un claro junto a una ermita. Los atacantes eran miembros de grupos paramilitares que fueron armados y protegidos por autoridades estatales y federales.


(Un indígena traduce las palabras de otro que habla en su lengua natal). Estaban en un campamento cerca de la iglesia cuando llegaron a las 10 de la mañana de los grupos priistas. Esa persona estaba en el campamento y donde están orando al señor. Entonces, ya después, cuando llegaron los agresores, entonces los mataron y ya después los llevaron a esa red. Por eso, estaban todos en su campamento de la iglesia y después, cuando llegaron esos agresores, se fueron a esconder a un ladito del templo, como en forma de un arroyito, de una lomita, entonces para esconderlo. Pero entonces, ¿qué va a ser? Que llegaron ahí y entonces más fácil mataron a esa gente.


(Un niño, sobreviviente de la matanza narra la forma en que mataron a sus padres. El indígena traductor relata sus dichos). Cuando llegaron los agresores, salieron abajo de la ermita, o sea, subiéndose abajito de la ermita, unos bajándose en la carretera y tirando muchas balas. Este muchachito se escondió rápido. Dice que cuando vieron que había más muertos, entonces vio que entró otra persona, se dieron cuenta de que había otros vivos y echaron otras balas más para que quedaran bien muertos. Y lo vio este muchachito, lo vio todo lo que pasó porque ahí estaba, pues, escondido. Así pasó, cuando llegaron, ahí estaba, pues, escondido. Lo vio quiénes son.


Locutora: Los refugiados escucharon una gran cantidad de balazos desde varias direcciones; cuando empezaron a caer los primeros heridos, los indígenas corrieron a esconderse en sitios cercanos. La mayoría corrió cañada abajo y se refugió dentro de una pequeña barranca. El ataque sobre la gente indefensa comenzó como a las 10 y media de la mañana. El terror acabó a las cinco y media de la tarde. En todo ese tiempo, ninguna autoridad intervino, pero uno de los hechos más claros de la complicidad oficial con el crimen es que a unos 200 metros del lugar, permanecieron durante el ataque al menos 40 policías de seguridad del estado y, junto con ellos, el general de brigada retirado Julio César Santiago, uno de los principales funcionarios de la policía estatal, así como varios comandantes policiacos. El general admitió ante el Ministerio Público haber permanecido cuatro horas en ese lugar, mientras se producía el ataque y se asesinaba impunemente. Ni siquiera pidió refuerzos.


(Un policía declara a la cámara el 23 de diciembre de 1997). Puras mujeres y niños. Ellas no hablan nunca con nosotros. Como a las dos horas, llegaron tres jóvenes, hombres ya, jóvenes, por aquel lado. Paisano, ¿qué pasó? No, dice, es que nos estaban tirando y nos mataron a unos allá y ahí vienen unos heridos. Luego llegaron heridos, fueron llegando heridos, 17 heridos. Más o menos eran unos siete adultos y diez pequeños. ¿Y muertos, paisano? Dice, no.


(Un miembro de las bases de apoyo del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) desmiente la versión del policía sobre los hechos que le tocó atestiguar). En primera vez fuimos cuatro de mis compañeros, de las bases de apoyo. Y fui a pedir permiso con el comandante. Y ahí me dio un clave: Cuando vengas, gritas ¡Cóndor!, me dijo. Subíamos y subíamos con los heridos y veníamos gritando: ¡Cóndor! ¿Pero ustedes subían con los heridos?, ¿la policía subía heridos? (pregunta el reportero). No, la policía ahí están, alrededor de la cancha. Nosotros con mis compañeros fuimos a rescatar a los heridos, y dice la policía que dije que no hay muertos, le dije cuando llegué. ¿Oye, hay muertos? Sí, hay como cien o 50 muertos, le dije.


Locutora: Había otros cien policías y un destacamento militar en las cercanías y tampoco actuaron. Las autoridades estatales y federales fueron informadas y no hicieron nada. Con inexplicable lentitud, llegaron al lugar hasta las 3 o 4 de la madrugada del 23. Funcionarios estatales y federales propiciaron la violencia en Chenalhó y alentaron conflictos intercomunitarios y de tierras para dividir a las comunidades. La autoridad judicial nunca investigó la responsabilidad del gobierno estatal y federal. Durante meses, los medios difundieron las imágenes de la violencia y de los refugiados en ese municipio de Chiapas, pero el gobierno no la detuvo. Al contrario.


(Otro sobreviviente relata). Estamos ahí, en nuestra casa cuando llegó los priistas con sus armas y ahí echaron balazo en la casa.


(Otro más cuenta acerca de los meses anteriores a la matanza, cuando abandonaron su pueblo para refugiarse en Acteal). Desde 21 de septiembre salimos y vinimos, prestando el lugar acá. No tenemos qué comer ya y ya la gente ya quiere morir de hambre.


(Uno más señala).Como nosotros somos pobres, no tenemos algo, no tenemos con qué defendernos, pero los compañeros de los priistas son por parte del gobierno. Pues, hicieron acuerdo de sus presidentes; dicen, pues, no sé. Qué no sé cuántos cienes de armas los trajeron, los repartieron en las comunidades, con eso los están amenazando a las pobres gentes, hombres y mujeres, niños. Sí.


Locutora: La matanza de Acteal fue consecuencia de una política gubernamental para castigar y desarticular a los indígenas de Chenalhó que habían adoptado el camino de construir la autonomía indígena y la resistencia zapatista iniciada en 1994, con la rebelión indígena en Chiapas. Ese “Ya basta” contra la centenaria injusticia, un grito desesperado de los pueblos indios por ser incluidos en el México de hoy. La justicia sigue pendiente. Existen evidencias suficientes para afirmar que en Acteal se cometió un crimen de Estado. Si las Naciones Unidas han reconocido derechos plenos a los pueblos indios, ya es hora de que nuestro país también los reconozca, y haga justicia a los indígenas, y les permita un futuro de bienestar y libertad. Ya es hora.


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¡ME QUEDÉ CORTA!
por Rosario Ibarra
(publicado en El Universal el 25 de diciembre de 2007)


Hace poco, durante la última sesión del Senado, al referirme a esa odiosa ley que se pretende aprobar. Sí, esa monstruosidad que llevaría al marco constitucional toda la ilegalidad que por años hemos sufrido; expresé con vehemencia lo que esas formas de actuar de policías y soldados (“por órdenes superiores”) han hecho al pueblo mexicano.


Hablé también de la anticonstitucional Dirección Federal de Seguridad, la fatídica DFS, y de quienes eran sus sádicos jefes. Torturaban allá por la Circular de Morelia 8 o en “ranchitos” (como decía Nazar Haro.) También en los campos militares, el Número Uno, el de Torreón, al que llamaban La Joya, el de Monterrey, y en todos los lugares en donde detenían “subversivos”, como solían calificar a quienes secuestraban.


¡Y qué decir de las instalaciones militares y de la Armada en Guerrero! Recuerdo los testimonios de lo que solían hacerles en la temida Base Naval de Icacos, en Acapulco, en las cárceles improvisadas en los antiguos talleres de la SAHOP, donde no pocos murieron. Algunos hablaban de la sevicia de Acosta Chaparro y muchos mencionaban la aquiescencia de los “jefes de zona”, que eran “señores generales de alto rango”.


En el Senado no mencioné algunos nombres de jóvenes que murieron an la tortura, como Ignacio Olivares Torres y Salvador Corral García, cuyos cuerpos destrozados fueron tirados como fardos inservibles, el primero en Guadalajara y el segundo en Monterrey, de los que hay fotografías en periódicos de la época, que horrorizaron a quienes los vieron.


En la DFS murió Sofonías González Cabrera, por estallamiento de vísceras, porque lo golpearon hasta que se le fue la vida. Fue testigo, compañero de celda, Domingo Estrada Ramírez, que fue liberado y más tarde emboscado en un pueblo de Guanajuato; lo asesinaron y jamás entregaron el cadáver a su familia, y una hermana de éste está desaparecida desde hace años… alguien la vio en la Base Naval de Icacos, también hace mucho tiempo.


Podría seguir en esta descripción de terror, pero me duele la memoria al hacerlo y, además, a cualquiera se le encrespa la ira al darse cuenta de que el mal gobierno quiere acomodar la ilegalidad en la Constitución para no tener reclamo alguno de lo que han hecho (como los del pasado “tricolor”).


¿Qué enmienda se ha hecho en Atenco? ¿Cuándo pondrán atención en el sufrido pueblo de Oaxaca? ¿Qué va a pasar con las escuelas normales rurales, todos los alumnos serán tratados como los de Ayotzinapa?


¿Y La Parota? ¿Como la Normal, también en Guerrero… y San Luis Potosí, con la amenaza de la tristemente célebre Minera de San Javier? ¿Y Madera, Chihuahua, con otra minera haciendo estragos? ¿Y la ofensa y el daño terrible a la gente de Zimapán con el horrible “basurero tóxico” que ha instalado una empresa española con la anuencia del actual gobierno?


¿Y qué castigo tendrán quienes golpearon a muchas personas, entre ellos menores de edad? ¿Quién dará respuesta a los familiares de los trabajadores de Pemex desaparecidos? ¿Quién investigará la razón por la que Vicente Fox, siendo aún presidente, viajó hasta Cadereyta Jiménez, NL, para “hablar” con uno de los hoy desaparecidos? Y… ¿quién detendrá a quienes amenazan, allanan el domicilio y roban pertenencias del obispo Raúl Vera?... ¡Y se dicen católicos los del “gobierno”!


¿Y lo que nos deben a quienes lloramos la ausencia de nuestros hijos y familiares secuestrados por los matones de los malos gobiernos? Ojalá nunca les toque a ellos, porque entonces sabrán de “el rechinar de dientes y el crujir de huesos”.


Todo lo aquí escrito es apenas una débil muestra de la horrible realidad que este noble pueblo sufrió y sigue sufriendo: aún me he quedado corta…


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sábado, 22 de diciembre de 2007

ISA Servicio informativo núm. 299

Ciudad de México, 22 de diciembre de 2007
Servicio informativo núm. 299




Sumario:


Textos de José Saramago sobre Acteal


I. Por qué voy a ir a Chiapas.


II. En recordación de Acteal.


III. Todos somos Chiapas.

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POR QUÉ VOY A IR A CHIAPAS
por José Saramago
(publicado en El Mundo —Madrid— el 30 de diciembre de 1997)


Lo que se va a leer es una “escandalosa injerencia en los asuntos internos de un país extranjero”. En marzo iré a México, donde estaré dos semanas, primero impartiendo un curso en la Universidad de Guadalajara, luego participando en un ciclo de conferencias en la capital federal.


Menciono estas obligaciones profesionales de escritor simplemente para decir que, en el mismo viaje, otra obligación me llevará a Chiapas. Esa obligación es moral.





Ante la estupefacción de algunos de los que me oyen, vengo diciendo por ahí que cada vez me interesa menos hablar de literatura. En primer lugar, porque el que yo hable de literatura no añade más provecho que aquel, cuestionable y dudoso, que aportan los libros que ando escribiendo, y en segundo lugar, porque los discursos literarios (los que la literatura hace y los que sobre ella se hacen) me parecen cada vez más un coro de ángeles sobrevolando en las alturas, con gran revoleo de alas, gemidos de arpas y alaridos de trompetas.





La vida, ésa, está donde la habituaron a quedarse, abajo, perpleja, angustiada, murmurando protestas, rumiando cóleras, a veces bramando indignaciones, otras veces soportando, callada, torturas inimaginables, humillaciones sin nombre, desprecios infinitos. Por eso iré a Chiapas.





Podría ir (no sería la primera vez) al barrio lisboeta del Casal Ventoso, donde no hace muchos días el presidente del Partido Social-Demócrata hizo una notable exhibición de pornografía política distribuyendo roscón de Reyes entre los desgraciados tóxico-dependientes que allí se congregan, pero voy a Chiapas.





Llevan ya cinco siglos de existencia aquellos desprecios, aquellas humillaciones, aquellas torturas, y siento que es mi deber de ciudadano del mundo (asumo la retórica) escuchar los gritos de dolor que allí suenan. Y también aquellas protestas y aquellas cóleras.





Los hechos son conocidos. Grupos paramilitares, ligados, según todos los indicios, no sólo a los terratenientes de la zona, sino también al Partido Revolucionario Institucional (PRI), el mismo que desde 1929, sin pausa ni excesiva honra, gobierna México, mataron, por el nefando crimen de ser simpatizantes del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, a cuarenta y cinco campesinos indios que se encontraban acogidos en una iglesia, a la que llegaron conducidos por organizaciones no gubernamentales para escapar del rebrote de violencia del macizo de los Altos de Chiapas, al norte de San Cristóbal de las Casas, donde se produjo la terrible matanza.





Entre los asesinados, a golpe de machete y disparos de armas de fuego de gran calibre, había veintiuna mujeres, catorce niños y un bebé. Es posible que las mujeres, todas ellas, y los nueve hombres igualmente degollados, fuesen zapatistas confesos: tendrían edad suficiente y conciencia bastante para haber escogido la dignidad suprema de una revolución popular contra la humillación continua infligida por los viciosos poderes ejercidos por el connubio histórico entre el Estado y el capital.





Pero ¿aquellos niños?, ¿aquel bebé? ¿Serían también zapatistas como los padres, serían también revolucionarios, como los abuelos? ¿Pretenderán los asesinos, al mismo tiempo que apilan cadáveres sobre cadáveres para detener la corriente de la revolución, extinguir el río en la fuente, o sea, matar a los pequeños para que después no puedan seguir el ejemplo de los mayores?





Dejando ahora de lado si deberíamos o no avergonzarnos de que la especie a la que pertenecemos sea esto que es, al menos avergoncémonos de nuestras apatías, de nuestras indiferencias, de nuestras complicidades tácitas o abiertas, de nuestras penosas cobardías disfrazadas de neutralidad. Ya que los poderes del mundo se muestran tan empeñados en globalizarnos, globalicémonos nosotros por nuestra cuenta.





La policía militar de Brasil y los pistoleros a sueldo de los latifundistas asesinan a campesinos que sólo reclaman una reforma agraria, y los crímenes no son castigados. Grupos vinculados al partido que gobierna México y a los terratenientes son protegidos y quiebran tranquilamente cuantas vidas se encuentran por delante, sin mirar ni sexos ni edades.





Mirando, eso sí, la condición: sólo los pobres son asesinados, sólo a aquellos que no tienen nada más que la triste vida, la vida les es quitada.


Hay que preguntar por qué. Se sabe quién mata, pero no quién manda matar. La mano que paga al asesino se esconde, sólo vemos (cuando lo vemos), la mano que dispara o degüella. Tal como los drogadictos de Casal Ventoso, los indios de Chiapas mueren porque no osamos apuntar con el dedo a los criminales. A los otros.

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EN RECORDACIÓN DE ACTEAL
por José Saramago
(publicado en distintos medios en 1998)

Cada mañana, cuando nos despertamos, podemos preguntarnos qué nuevo horror nos habrá deparado, no el mundo, que ése, pobre de él, es sólo víctima paciente, sino nuestros semejantes, los hombres. Y cada día nuestro temor se ve cumplido, porque el ser humano, que inventó las leyes para organizarse la vida, inventó también, en el mismo momento o incluso antes, la perversidad para utilizar esas leyes en beneficio propio y sobre todo, en contra del otro. El hombre, mi semejante, nuestro semejante, patentó la crueldad como fórmula de uso exclusivo en el planeta y desde la perversión de la crueldad ha organizado una filosofía, un pensamiento, una ideología, en definitiva, un sistema de dominio y de control que ha abocado al mundo a esta situación enferma en que hoy se encuentra.


Sirva este largo preámbulo para explicar el estado de ánimo con que recibí la terrible noticia de la matanza de Acteal. Se nos decía “cuarenta y cinco muertos en Chiapas” como antes se había hablado de “insurgencia en Chiapas” y uno acepta el enunciado como si fuera un mazazo, uno más que añadir al de ayer y al de mañana, una cuenta más en el rosario de crímenes del hombre contra el hombre. Sin embargo, la mañana que se publicó la matanza de Acteal mi casa se paró. Dijimos:


Tenemos que comprender. Debemos compartir. Y nos fuimos a México, a Chiapas, al centro del dolor y al corazón de nuestro pasado, al único lugar donde el conocimiento podía producirse. Fuimos a Chiapas y nos vimos reflejados en las miradas de los indios sobrevivientes de las matanzas de la historia, en los ojos negros de los niños mutilados, en la paciencia incomprensible de los ancianos que nos observaban, quizá queriendo comprender también ellos. Viendo a los indios chiapanecos descubrimos nuevos rostros de la lógica del poder, tan igual siempre, tan inmutable a lo largo del tiempo, de las generaciones y de los usos políticos.

Estuvimos en Chiapas. Vimos las casas de los indios, los campamentos de desplazados, los asentamientos provisionales y los considerados definitivos. Conocimos sus propuestas para el futuro, que para ellos siempre será imperfecto, y que están reflejadas en los Acuerdos de San Andrés que el gobierno suscribió y ahora no quiere respetar, y conocimos a Rosario Castellanos, la escritora que a pesar de haber muerto hace 24 años sigue siendo una embajadora de Chiapas, porque en sus novelas supo contar las vicisitudes de los indios y las tropelías de los blancos. Vimos al ejército mexicano con uniformes de campaña y equipado para iniciar una guerra. Vimos a los cooperantes internacionales asistiendo a niños desnutridos y a mujeres jóvenes que han perdido su dentadura y el cuerpo se les ha resquebrajado como se resquebraja el barro seco que sostiene sus pobres casas. Vimos la pobreza, la humillación, el dolor, pero también vimos la dignidad en las palabras del guerrillero que nos describía por qué decidió rebelarse y secundar el llamamiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, ultimo y quizá único recurso para frenar el lento genocidio que vienen padeciendo los indios de México y del resto de América.
Porque los indios de Chiapas no son los únicos humillados y vencidos del mundo: en los cinco continentes se repiten cada día situaciones de vejación y crimen contra grupos, etnias, pueblos, en definitiva, contra los pobres de los pobres, contra lo que el sistema imperante, el capitalismo autoritario que rige el mundo, considera inútil para sus objetivos y por lo tanto, descartable, saldo, material de derribo susceptible de eliminación sin pagar por ello. Sin que los auténticos responsables paguen por ello, como una y otra vez estamos viendo. Sin embargo, en Chiapas se ha dicho basta. Los indios se han organizado para combatir y negociar. En torno del subcomandante Marcos, han plantado cara al gobierno y han dado una lección de dignidad al mundo y esto no es retórica. La decisión firme de vivir otra vida la percibimos en los hombres y mujeres con las que hablamos, en la firmeza y en la rotundidad de gestos y palabras, en la nueva concepción que de ellos mismos tienen. Los indios han asumido para ellos el proyecto de Zapata, y zapatistas ellos, es decir, bajo la bandera de “Tierra y libertad” que Zapata esgrimió, seguirán combatiendo al gobierno, al latifundio, al capital, a la concepción de la historia que los considera superfluos, especie por extinguir.

Fuimos a Chiapas. Recogimos impresiones, conocimiento, emociones. Compartimos el dolor y las lágrimas. Como otros que fueron antes los que irán en el futuro. Sabemos que tenemos la obligación de contar lo que vimos, decir los nombres de los niños, de los cooperantes, de las personas que se hicieron indias para poder sentir como los indios y así comprender mejor. Vinimos cargados de nombres, Jerónimo, Pedro, María, Ulises, Samuel, Marcos, Rafael, Ramona, Rosario, Carlos, nombres castellanos para una gente antigua y contemporánea.

Chiapas no es una noticia en un periódico, ni la ración cotidiana de horror. Chiapas es un lugar de dignidad, un foco de rebelión en un mundo patéticamente adormecido. Debemos seguir viajando a Chiapas y hablando de Chiapas. Ellos nos lo piden. Dicen en un cartel que se encuentra a la salida del campo de refugiados de Polho: “Cuando el último os hayáis ido qué va a ser de nosotros?”



Ellos no saben que cuando se ha estado en Chiapas, ya no se sale jamás.
Por eso hoy estamos todos en Chiapas.



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TODOS SOMOS CHIAPAS
por José Saramago
(Declaraciones concedidas a La Revista, de El Mundo, tras su viaje a Chiapas el 14 y 15 de marzo de 1998)


He visto el horror. No el que hemos observado en lugares como Bosnia o Argelia. No. Éste es otro tipo de horror. Estuve en Acteal, en el mismo lugar de la matanza... escuchando a los supervivientes. Es difícil expresar lo que se siente cuando uno sabe que se encuentra con los pies sobre el mismo lugar donde hace tres meses asesinaron a estas personas.


Me imaginaba la escena... La gente tratando de escapar... los paramilitares disparando a discreción... las mujeres y los niños gritando, huyendo entre la maleza... el lamento de los heridos...


En Chiapas se vive una situación de guerra o una ocupación militar, que al final es casi lo mismo. No es una guerra en el sentido común, con un frente y dos partes confrontadas. Yo nada más he visto una parte confrontada: el ejército y los paramilitares. La otra parte, las comunidades indígenas, no están enfrentándolos, no tienen medios. Están rodeados, no tienen comida ni agua... Viven en condiciones infrahumanas. Son casi campos de concentración. No los reunieron allí a la fuerza, es cierto, pero cuando huyeron a esos lugares, los rodearon los paramilitares y el ejército. Entonces esos campamentos se convirtieron en una especie de campo de concentración.


Si alguna vez hubo en la historia de la humanidad una guerra desigual, no la hubo nunca como ésta. Es una guerra de desprecio, de desprecio hacia los indígenas. El gobierno esperaba que con el tiempo se ¡acabaran! todos, simplemente eso.


Pero ellos sobreviven, alimentándose de su propia dignidad. No tienen nada, pero lo son todo. Enfrentan la guerra con ese estoicismo que me impresionó tanto, un estoicismo casi sobrehumano que no aprendieron en la universidad, que consiguieron tras siglos de humillación. Han sufrido como ninguno y mantienen esa fuerza interior, una fuerza que se expresa con la mirada... La mirada de ese niño al que le han destrozado para siempre la vida... Es algo que no se me borrará jamás de la memoria... Las miradas serias, severas, recogidas de las mujeres, de los hombres... son algo que está por encima de todo. Los indígenas no tienen nada, pero lo son todo. ¿Cómo es posible que después de tanto sufrimiento ese mundo indio mantenga una esperanza? ¿Cómo puede sonreír ese hombre de Polhó que nos acaba de decir “mañana puede que nos maten a todos, pero bueno, aquí estamos”? Es algo que no alcanzo a entender.


En Chiapas encontré un mundo que no comprendo. El mundo indio es un mundo donde el europeo no puede entrar fácilmente. Es como si me asomara a una ventana que da a otro mundo y, aunque lo tengo enfrente, no lo puedo entender.


También descubrí otra realidad, la de un territorio ocupado militarmente. Un territorio donde los paramilitares y el ejército son la uña y la carne juntas. Por una razón muy sencilla: de no ser así, los paramilitares no podrían haber hecho lo que hicieron y lo que siguen haciendo. Yo vi camiones del ejército transportando a civiles que seguro no viajaban allí por la amabilidad de los militares. Minutos después de que abandonáramos Acteal hubo un acto de intimidación e hicieron hasta 30 disparos al aire. Esto sólo puede ocurrir si el ejército da su bendición. Nada más fácil para el ejército que identificar a los paramilitares y desarmarlos.


Me parece esquizofrénico que el Congreso pueda estar debatiendo una ley supuestamente para resolver los problemas de las comunidades indígenas, como si fuera una ley normal, en situaciones normales para objetivos consensuados, cuando al mismo tiempo hay miles de desplazados que no pueden volver a sus tierras, con miedo a ser asesinados, mientras hay una ocupación militar clara en el territorio de Chiapas. Y mientras los paramilitares se pasean tranquilamente y hacen lo que quieren.


¿Cómo es que no se empieza por pacificar la situación para después discutir una ley donde participen todos los sectores y todas las comunidades?


Todo se ha hecho sometiendo a los indios de Chiapas a una presión incalificable y esto no puede llamarse humanidad.


El pueblo de México tiene que reclamar a su gobierno una paz justa y digna. Yo no puedo, sólo soy un escritor extranjero acusado de injerencia. El pueblo mexicano no puede quedarse parado, dejando que los gobernantes lo decidan todo, hay que bajar a la calle... no estoy pidiendo un levantamiento sino simplemente que las conciencias se manifiesten... estoy pidiendo una insurrección moral, desarmada, étnica...


Acteal es un lugar de la memoria que no puede de ninguna manera desaparecer. Sabemos lo que ocurrió y no lo queremos olvidar. Chiapas es el cuerpo de México. La sociedad civil debería admirar no sólo a los indios sino a los que se levantaron para defender a esos mismos indígenas.


De Chiapas me llevo no sólo el recuerdo, me llevo la palabra misma... Chiapas... La palabra Chiapas no faltará ni un solo día de mi vida. Si tenemos conciencia pero no la usamos para acercarnos al sufrimiento ¿de qué nos sirve la conciencia? Volveré a Chiapas, volveré.


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